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El hombre que convenció al mundo de que la alergia existía

Martes 1 Julio, 2014 en  Charlas de Quirófano

Hace dos siglos nadie había oído escuchar de ella. Tomó el esfuerzo de un hombre, quien la sufrió en carne propia, para convencer al mundo médico de lo que estaba sucediendo.

Bostock

(BBC Mundo) John Bostock, un médico inglés nacido en Liverpool que ejerció en Londres, se pasó su carrera académica observando fluidos corporales, con un interés particular en la bilis y la orina.

Cada junio, desde que tenía 8 años, sufría de catarro -que es cuando se bloquea el seno maxilar y hay una sensación generalizada de pesadez y cansancio. Esa puntualidad siempre lo había dejado perplejo.

En 1819, a los 46 años, Bostock presentó un estudio a la Sociedad Médica y Quirúrgica llamado “Caso de enfermedad periódica en los ojos y el pecho”. En él describía a un paciente llamado “JB”, un hombre “de hábitos repuestos y bastante delicados”. Se trataba de un artículo sobre él.

Bostock presentó los síntomas que todavía hoy en día afectan a quienes sufren de alergia al polen -o rinitis alérgica- y algunos de los tratamientos que había intentado para aliviar su agonía.

Estos incluían desangrados, baños de agua fría, tomar opio e inducirse el vómito. Nada había funcionado.

“Bostock era lo que llamaría un ‘caballero científico’. Su motivación era muy personal”, señala Max Jackson, profesor de historia de la medicina de la universidad de Exeter.

“Había un deseo para encontrar una cura, pero también la necesidad de esparcir el conocimiento de lo que estaba sufriendo. Es por estas razones que Bostock nos dio una descripción muy clara de lo que estaba pasando”.

Bostock intentó ampliar su base de investigación, y para ello pasó los siguientes nueve años buscando a otras víctimas de la afección. Sorprendentemente, considerando la prevalencia actual de esta enfermedad, este científico sólo encontró 28 casos relevantes para su trabajo.

En un segundo artículo publicado en 1828, Bostock bautizó la enfermedad como “catarro de verano”, debido a que es al principio de esta estación cuando hay una mayor prevalencia.

“Es verdaderamente maravilloso lo decidido que estaba de probar su punto”, cuenta Maureen Jenkins, directora de los servicios clínicos de Allergy UK. “Él estaba convencido de que lo causaba algo que ocurría en verano, incluso cuando nadie más lo creía”.

La comunidad médica no pensaba que hubiera un problema.

Bostock habló con édicos en Londres, Edimburgo y Liverpool, pero se dio cuenta de que sus colegas siempre lo consideraban “como síntomas anómalos, y nadie parecía haber presenciado algo similar”.

No obstante, el ensayo de 1919 de Bostock atrajo interés en los siguientes nueve años.

“Con respecto a lo que se denomina la causa que provoca la enfermedad, una idea ha prevalecido de manera muy general, que es que se produce por el efluvio (emanación de partículas) de heno fresco, y de ahí se le llama popularmente como ‘la fiebre del heno'” (en inglés a la alergia al polen se le llama hay fever), comentó Bostock.

Pero él no estaba del todo de acuerdo con esta idea popular. Pensaba que una enfermedad recurrente, exacerbada por el calor del verano era la culpable.

Sin embargo, durante tres veranos consecutivos, para disfrutar de un completo descanso, alquiló una casa en un acantilado de la costa del sureste inglés, en Kent. Sus síntomas se redujeron de tal forma que “casi escapó a la enfermedad”.

En ese entonces, el aire marino se había convertido en un remedio de moda para todo tipo de afecciones y muchos siguieron el ejemplo de Bostock.

El diario británico The Times informó en 1827 que el duque de Devonshire estaba “afligido con la vulgar fiebre del heno, lo que cada año lo aleja de Londres hacia algún puerto marino”.

Para 1837, la repugnancia que mostraba este periódico hacia el término había desaparecido, pues informó que el rey Guillermo IV, quien moriría días después, “había sido objeto de un ataque de fiebre del heno que había sufrido durante varias semanas”.

Este término ganó popularidad.

Para mediados del 1850, Gran Bretaña se hizo famosa por una especie de “cacería de la fiebre del heno”.

El médico alemán Philipp Phoebus sugirió que la prevalencia de la alergia al polen en Reino Unido se debía al “primer golpe de calor” del verano, al que los de origen “anglosajón” eran más vulnerables porque no estaban acostumbrados a un clima así.

Otro científico británico tuvo que sufrir de alergia al polen para que se diagnosticara la verdadera causa.

En 1859 Charles Blackley estornudó violentamente cuando olió un ramo de flores de pasto azul y se convenció de que el polen tenía algo que ver.

Blackley realizó exhaustivas pruebas para asegurarse de que otras sustancias no eran la causa.

Este científico redujo su muestra al polen del pasto, que abunda en junio en los prados ingleses.

El científico pensó que toxinas en el polen eran lo que estaba envenenando a la gente. Otros, influenciados por Bostock, todavía creían que la fiebre al heno era una enfermedad.

Hacia finales del siglo XIX, esta alergia era considerada como “la enfermedad de la aristocracia”, después de que Bostock concluyera que afectaba principalmente a las clases altas.

Según el científico, sólo aquellos con una disposición delicada estaban condenados a ser sufridores potenciales.

Los resorts de la costa y la montaña, particularmente en Estados Unidos, se promocionaban como lugares de escape de sus efectos.

Pero en Estados Unidos la alergia al polen se puso de moda, debido a su relación con la alta sociedad. Se produjo una ola de jóvenes ricos entusiastas de los síntomas.

Bostock y sus sucesores no tenían un entendimiento de las alergias, el concepto ni siquiera se divisó hasta principios del siglo XX. Hoy en día, la rinitis alérgica es conocida por ser una reacción al polen.

Desde entonces, el número de personas que sufre de esta alergia ha crecido exponencialmente.

Son varias las teorías de este fenómeno.

Una señala la higiene excesiva, que se cree que hace que el cuerpo sea más vulnerable a las alergias. Otras culpan al aumento de la contaminación ambiental desde la revolución industrial.

“Los niveles de rinitis están aumentando y todavía no conocemos verdaderamente qué la causa”, señala Jackson. “Bostock empezó el proceso de pensar en ello. Él se merece mucho crédito por ello. Merece un lugar en la historia”.


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