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Investigadores de todo el mundo unen fuerzas contra la malaria

Jueves 15 Septiembre, 2016 en  Prevención

Investigadores de todo el mundo, liderados por un experto en malaria y profesor en la Universidad de Sydney, decidieron poner en marcha un proyecto pionero.

malaria

(Elmundo.es) La unión hace la fuerza. Eso debieron pensar los más de 50 investigadores de todo el mundo que, hace cinco años pusieron en marcha un proyecto colaborativo a nivel mundial con el que buscaban dar con nuevas terapias que pudieran ser eficaces contra la malaria.

Históricamente, el desarrollo de antimaláricos ha sido siempre una lucha constante entre los propios fármacos y la capacidad del parásito Anopheles de generar resistencias contra ellos. Desgraciadamente, los tratamientos actuales contra el paludismo -que tienen como base la artemisinina- están empezando a fallar en algunos lugares del mundo. Y hasta la fecha, no hay terapias sustitutivas, ya que ningún nuevo fármaco contra la malaria ha entrado en el mercado en los últimos 15 años, y la eficacia de la vacuna Mosquirix no es lo suficientemente alta como para prevenir la enfermedad.

Así pues, la falta de innovación y de interés de las compañías farmacéuticas por una enfermedad que no es rentable -a pesar de ser una de las más prevalentes del planeta- hace que las buenas noticias para los 214 millones de personas infectadas por malaria en 2015 se den con cuentagotas. Además, cuando se produce una innovación, el secretismo entre las compañías, las patentes, y los altos precios son habituales.

Ante esta situación, investigadores de todo el mundo, liderados por Matthew Todd, experto en malaria y profesor en la Universidad de Sydney, decidieron poner en marcha un proyecto pionero y con escasísimos precedentes: un espacio colaborativo en el que científicos de todo el mundo pudieran compartir información en tiempo real sobre todo lo relacionado con la malaria. El objetivo era simple pero muy ambicioso: conseguir, entre todos, nuevas terapias contra la enfermedad. La financiación corría a cargo del Gobierno australiano y de la coalición Medicines for Malaria Venture, principalmente.

Abierto a toda la comunidad científica

La idea es sencilla pero, por otra parte, muy poco habitual en el campo de la ciencia. Se trata de un portal de libre acceso -una especie de Wikipedia- en el que investigadores, alumnos, profesores y médicos de todo el mundo comparten en directo conocimiento sobre la malaria. “El núcleo es el cuaderno de laboratorio online, donde se comparte información todo el rato”, explica a EL MUNDO Todd, fundador del Open Source Malaria, el nombre oficial del proyecto.

Para que todo funcione correctamente, Internet está siendo la clave. Los participantes utilizan Github, una plataforma de desarrollo colaborativo en la que intercambian documentos, proponen mejoras, abren incidencias y debaten sobre cada nuevo dato que se comparte. Además, hay un canal de Youtube  al que se suben todas las conferencias y, por supuesto, una cuenta de Twitter. Todo ello, 100% disponible no sólo para los participantes del experimento, sino para toda la comunidad científica.

Primeros resultados

Al principio, el miedo era que, aunque las intenciones fueran buenas, la herramienta llegara a ser inmanejable. “Estábamos un poco recelosos de que hubiera una avalancha de información con pocos comentarios útiles, pero ha pasado todo lo contrario, ha habido avances”, explica a este periódico Francisco-Javier Gamo, director de la unidad de malaria del campus de GSK en Tres Cantos (Madrid), centro que también está en el origen de esta idea ya que “las moléculas iniciales que conforman el proyecto vienen de la colección de compuestos antimaláricos que GSK hizo públicos en 2010 en la revista Nature”.

Y es que el Open Source Malaria ya ha dado sus frutos, tal y como queda patente en un artículo que se publica este martes en ACS Central Science en el que se habla de una familia de moléculas que “presentaban buena actividad contra dos de las fase del parásito más importantes: la de los gametocitos y la hepática”, cuenta Todd.

Pero la investigación tuvo que seguir por otro camino porque “estas moléculas tenían una serie de debilidades que no pudimos resolver”. Sin embargo, como este es un proyecto vivo, ya se está trabajando sobre otros compuestos “que son mucho más prometedores que los anteriores, ya que funcionan en animales”.

Un modelo alternativo

Estas buenas noticias hacen que el proyecto vaya tomando cada vez más forma y se vayan adhiriendo a él más y más personas. Y en un estado ideal de las cosas, si de esta investigación colectiva surgiera un candidato a convertirse en el próximo antimalárico, no existirían patentes. “Ni siquiera tendríamos la necesidad de compartir lo descubierto, porque todo el mundo puede ver el progreso en tiempo real, por lo que cualquiera podría desarrollar el fármaco. No existe forma alguna en la que nada pudiera ser patentado. De hecho, ésa es precisamente una de las reglas de Open Source Malaria. Además, si alguno de nuestros compuestos funcionara bien, dado que todo se ha hecho bajo el dominio público, la producción de la medicina sería con genéricos y estaría disponible para los pacientes al menor precio posible”, relata Todd a EL MUNDO.

Esta es precisamente otra de las fortalezas del proyecto. Además de su alcance mundial y de la facilidad para incorporarse a él, la realidad es que, tal y como explica Gamo, “incluso en el campo de la malaria, donde existe un fuerte espíritu colaborativo, generalmente es un sólo laboratorio el que lleva el peso de la investigación hasta tener un candidato clínico, pero en este caso, la aproximación ha sido diferente”.

Por su parte, Todd insiste en señalar que esta manera de hacer las cosas, esta especie de crowdfounding del conocimiento no tiene por qué limitarse únicamente a la ciencia, ya que la lucha contra la malaria tiene muchas más aristas: está, por ejemplo, la parte social o la educativa, que también podrían beneficiarse de un modelo similar.

Igualmente, esta idea de ‘código abierto’ tampoco tendría por qué ceñirse sólo a la malaria. Existen infinidad de enfermedades olvidadas que podrían sacarle partido a este sistema que, además, evita las duplicidades en la investigación. “Las medicinas para cualquier enfermedad en la que la cuota de mercado es escasa podrían beneficiarse de este modelo. Otra pregunta interesante para el futuro es saber si este ‘código abierto’ podría ser un competidor de la industria farmacéutica en áreas como el cáncer o la demencia”, apunta Todd.

Está por ver si esta peculiar forma de investigar, que ya se utilizó en India con la tuberculosis, se extiende, al menos, entre las enfermedades olvidadas, para fomentar en ellas esa innovación que tanto necesitan. Mientras tanto, seguiremos pendientes de este megaproyecto que, no lo olviden, busca nuevas mentes que puedan sumar ese conocimiento y experiencia que nos lleven hasta una nueva generación de antimaláricos.


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