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La compleja tarea de sustituir un riñón

Lunes 26 Septiembre, 2016 en  Actualidad

Las terapias de sustitución renal convirtieron en un derecho lo que pocas décadas atrás era imposible: vivir cuando los riñones han dejado de funcionar. Cientos de profesionales trabajan para brindar calidad de vida a casi 29.000 pacientes.

Carama Argentina de Terapia Renal

Transformar la sobrevida en calidad de vida: ése es el desafío para los casi 29.000 argentinos –de todas las edades y condiciones sociales– a quienes una insuficiencia renal crónica o aguda ha puesto en situación de tener que depender de un tratamiento de sustitución por diálisis.

Los riñones son órganos vitales que cumplen funciones tan importantes como el filtrado de la sangre y la mantención del equilibrio de agua y sales en el organismo. Cuando funcionan mal, el cuerpo pierde la capacidad de deshacerse de sustancias tóxicas, de regular parámetros esenciales como la presión arterial o de eliminar el exceso de líquidos. La mayoría de las personas que requieren diálisis  para sobrevivir son afectadas por insuficiencia renal crónica en sus estadíos más avanzados; la mitad de los pacientes en diálisis en la Argentina son diabéticos o hipertensos a quienes la progresión de esa enfermedad de base afectó irreversiblemente la función renal, pero hay más de 30 patologías (incluyendo infecciones como el síndrome urémico hemolítico, o intoxicaciones agudas) capaces de causar un daño renal severo. La mayor parte está inscripto en la lista de espera del INCUCAI aguardando el trasplante renal, y depende mientras tanto de la diálisis.

Antes de que existieran las terapias de sustitución de la función renal no había alternativa, y estos casos resultaban fatales. Desde antes de 1920 hubo ensayos de filtrado artificial del flujo sanguíneo, pero se tardó varias décadas en llegar a métodos confiables parecidos a los actuales. La diálisis por bombeo, que es la base de la mayoría de las terapias que hoy se usan, se impuso desde fines de los años ’80.

Desde entonces, las diversas tecnologías destinadas a brindar este soporte vital fueron evolucionando sobre una base sólida. Los pacientes cuyos riñones no funcionaban ya podían sobrevivir, y los desafíos pasaron a ser la disponibilidad de estas terapias para todos los que las necesitaran, como así también el mejoramiento de la calidad de vida de las personas en diálisis, que hoy pueden llevar una vida normal e integrar el tratamiento en una cotidianeidad en la que en la que estudian, trabajan y disfrutan a pleno de la actividad social y familiar.

Pero aunque el aspecto tecnológico de las terapias de sustitución renal es un factor central, se requiere de mucho más que de máquinas. La mayor parte de aquellos cuya vida depende de este tipo de tratamientos en la Argentina son atendidos en centros de salud renal privados, sobre los cuales recae la responsabilidad no sólo de brindarles el soporte vital para la diálisis y todos los controles médicos correspondientes, sino también, en muchos casos, los traslados entre su domicilio y el centro donde se realizan la diálisis, la colación  en los días en que las personas deben concurrir, y equipos de trabajo compuestos de personal interdisciplinario especialmente capacitado, cuya atención debe ir mucho más allá del simple soporte técnico y sanitario.

Además, si se tiene en cuenta que un tratamiento de diálisis  típico requiere que el paciente concurra al centro médico tres veces por semana y pase allí al menos cuatro horas, se ve claramente la importancia que ese lugar adquiere para la persona y para su entorno.

Con una estructura de 469 centros y servicios de diálisis en todo el territorio nacional, la Argentina se caracteriza por una buena accesibilidad de todos los pacientes que lo necesitan a los tratamientos de sustitución renal, con prestadores que se esfuerzan por brindar un servicio de primer nivel, en todos los rincones del país y sin distinciones entre las diferentes fuentes de financiamiento. Siendo la diálisis  la única alternativa para la sobrevida de estas personas, no importa si debe hacerse cargo la obra social, el PAMI u otra entidad: es un derecho del paciente recibir el tratamiento adecuado.

Por tratarse de un soporte vital, para los prestadores de diálisis no existe -como sí la hay en otros servicios de salud- la posibilidad de reprogramar una sesión por falta de recursos: la infraestructura debe estar preparada para cualquier contingencia y asegurar la disponibilidad del tratamiento siempre, de lunes a sábado, cada vez que alguien lo precise. Por eso, la eficiencia de la prestación debe incluir además, como factor crítico, una pericia administrativa que asegure el funcionamiento sinérgico con el resto de los actores del sistema de salud de los que participa cada paciente.

En los países con sistemas de salud muy avanzados, existen  programas de seguimiento y control de la enfermedad renal. La ventaja de este tipo de programas trasciende el ámbito de la diálisis, porque  incluyen a personas con factores de riesgo y permiten un mejor control de la progresión en ellos, previniendo la necesidad de que tengan que llegar a un tratamiento de sustitución.

La cantidad de pacientes en diálisis que hay en todo el país implica una importante dedicación de recursos humanos –alrededor de 11.000 profesionales, entre médicos nefrólogos y de otras especialidades, nutricionistas, personal de enfermería, asistentes sociales, psicólogos y otros integrantes del equipo de salud, además del personal administrativo– que representan más del 50% de la estructura de costos de este servicio. Los aranceles no siempre se incrementan en la misma medida que estas variables y otras, dadas por los vaivenes coyunturales de la economía, pero la calidad y eficiencia del servicio debe seguir siendo la misma.

Con el propósito de mejorar la vida de las personas en diálisis, muchos de estos centros especializados innovan constantemente para integrar el tratamiento a la cotidianeidad, proponiendo nuevas actividades para aprovechar el tiempo –como por ejemplo el desarrollo de huertas orgánicas– o, incluso, facilitarle al paciente la posibilidad de estudiar, de leer o de hacer tareas correspondientes a su oficio o profesión mientras permanece en el lugar. Las bibliotecas, las sesiones de teatro leído o la actividad física que realizan en muchos de estos centros, siempre de acuerdo con sus posibilidades e intereses, ayudan además a mejorar la adherencia e incluso la respuesta al tratamiento.

Una de cada 9 personas adultas en el mundo tiene algún grado de afectación de su salud renal. La enfermedad renal crónica –cuyos estadíos más avanzados pueden llevar a la necesidad de un trasplante o de diálisis– posee los mismos factores de riesgo que la hipertensión, la diabetes tipo II, el ACV y las enfermedades cardiovasculares, relacionadas en gran medida con los hábitos globalizados y el estilo de vida, lo cual indica que seguirá teniendo una fuerte relevancia en la salud pública durante los próximos años. En el mundo hay 1,7 millones de personas en tratamiento de sustitución renal, y esta cifra tiende a incrementarse.

La nefrología tiene el desafío de sustituir algo tan esencial como una función vital allí donde la naturaleza ya no es capaz, pero multiplicada por los miles de personas que en la Argentina necesitan de este servicio como única alternativa para sobrevivir. Y que una vez que la tecnología hace posible este objetivo de mínima, tiene la obligación de disponer los mejores recursos –materiales, profesionales y humanos– para alcanzar el auténtico objetivo que marcan la vocación y la ética de quienes lo hacen posible día a día y sin descanso, que es brindar una mejora constante en la calidad de vida.

CAMARA ARGENTINA DE SERVICIOS Y PRODUCTOS DE TERAPIA RENAL


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