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Más de un tercio de los países de ingresos bajos y medianos se enfrentan a los dos extremos de la malnutrición

Miércoles 18 Diciembre, 2019 en  Actualidad

La desnutrición y la obesidad pueden dar lugar a efectos que se transmiten entre generaciones, puesto que tanto la desnutrición como la obesidad en la madre están asociadas con una salud deficiente en la descendencia.

desnutrición

Se necesitan un nuevo planteamiento para contribuir a reducir simultáneamente la desnutrición y la obesidad, ya que ambos problemas están cada vez más conectados entre sí debido a los cambios vertiginosos registrados en los sistemas alimentarios de los países. Ello es especialmente importante en los países de ingresos bajos y medianos, según se desprende de un nuevo informe, integrado por cuatro artículos, publicado en The Lancet. Más de una tercera parte de esos países presentaban formas superpuestas de malnutrición (45 de 123 países en la década de 1990 y 48 de 126 países en la década de 2010), especialmente en África subsahariana, Asia meridional y oriental y el Pacífico.  

La desnutrición y la obesidad pueden dar lugar a efectos que se transmiten entre generaciones, puesto que tanto la desnutrición como la obesidad en la madre están asociadas con una salud deficiente en la descendencia. Ahora bien, debido a la rapidez de los cambios que se producen en los sistemas alimentarios, cada vez más personas están expuestas a ambos tipos de malnutrición en diferentes etapas de su vida, lo cual agrava los efectos perjudiciales en la salud.

«Nos enfrentamos a una nueva realidad nutricional», ha declarado el Dr. Francesco Branca, Director del Departamento de Nutrición para la Salud y el Desarrollo de la Organización Mundial de la Salud y autor principal del informe. «Ya no podemos clasificar a los países en dos categorías: países de ingresos bajos y con problemas de subalimentación, y países de ingresos altos y afectados solamente por la obesidad. Todas las formas de malnutrición tienen un denominador común: sistemas alimentarios que no pueden ofrecer a todas las personas una alimentación saludable, inocua, asequible y sostenible. Para cambiar esto se requieren medidas en todas las etapas de los sistemas alimentarios: desde la producción y el procesado, pasando por el comercio y la distribución, la fijación de precios, la comercialización y el etiquetado, hasta el consumo y los desechos de alimentos. Todas las inversiones y políticas pertinentes deben reexaminarse radicalmente».

En el editorial que acompaña al informe, el Dr. Richard Horton, redactor jefe de The Lancet, señala: «La publicación hoy de la serie de la OMS sobre la doble carga de malnutrición llega después de 12 meses de artículos en The Lancet en los que se analizaba exhaustivamente la nutrición en todas sus formas (…). En estos y otros artículos

de The Lancet publicados a lo largo de 2019, ha quedado patente que la nutrición y la malnutrición deben abordarse desde múltiples perspectivas, y que, si bien las conclusiones han coincidido en ocasiones, aún queda trabajo pendiente para entender las múltiples manifestaciones de la malnutrición (…). Cuando todavía quedan seis años para que concluya el Decenio de las Naciones Unidas de Acción sobre la Nutrición (2016-2025), esta serie y los comentarios conexos definen la orientación futura requerida para alcanzar el objetivo mundial de erradicar el hambre y prevenir la malnutrición en todas sus formas».

En el ámbito mundial, las estimaciones apuntan a que casi 2300 millones de niños y adultos tienen sobrepeso y más de 150 millones de niños tienen retraso del crecimiento. Ahora bien, en los países de ingresos bajos y medianos, esos problemas emergentes se solapan en una misma persona, en las familias, las comunidades y los países. En el nuevo informe se analizan las tendencias ocultas tras esa intersección ‒conocida como la doble carga de malnutrición‒ así como los cambios ocurridos en la sociedad y en los sistemas alimentarios que pueden haberla provocado, su explicación biológica y efectos, y las medidas normativas que pueden contribuir a abordar la malnutrición en todas sus formas.

Los autores han utilizado datos derivados de encuestas realizadas en los países de ingresos bajos y medianos en las décadas de 1990 y de 2010 para estimar los países que registraban una doble carga de malnutrición (es decir, más del 15% de la población con emaciación, más del 30% con retraso del crecimiento, más del 20% de las mujeres con delgadez y más del 20% de los habitantes con sobrepeso).

En la década de 2010, en comparación con la de 1990, 14 nuevos países con algunos de los ingresos más bajos del mundo se habían incorporado a los países afectados por la doble carga de malnutrición. En cambio, el problema afectaba a menos países de ingresos bajos y medianos situados en los niveles superiores de esos grupos, en relación con la década de 1990. Los autores afirman que ello refleja la creciente prevalencia del sobrepeso en los países más pobres, donde las poblaciones siguen padeciendo retraso en el crecimiento, emaciación y delgadez.

Una alimentación de calidad reduce el riesgo de malnutrición en todas sus formas dado que favorece el crecimiento saludable, el desarrollo y la inmunidad, y previene la obesidad y las enfermedades no transmisibles (ENT) a lo largo de la vida. Los componentes de una alimentación sana son: prácticas óptimas de lactancia materna en los dos primeros años; diversidad y abundancia de frutas y hortalizas, cereales integrales, fibra, frutos secos y semillas; cantidades modestas de alimentos de origen animal; cantidades mínimas de carnes procesadas y de alimentos y bebidas de alto contenido calórico, así como de alimentos en los que se haya añadido azúcar, grasa saturada, grasa trans y sal.

«Los problemas de malnutrición emergentes son un indicador inequívoco de que las personas no están protegidas contra los factores que fomentan la mala alimentación. Los países de ingresos bajos y medianos más pobres asisten a una transformación rápida en la forma de comer, beber y moverse en el trabajo, el hogar, el transporte y durante el tiempo libre», señala uno de los autores del informe, el profesor Barry Popkin, de la Universidad de Carolina del Norte (EE. UU.). «La nueva realidad nutricional se debe a los cambios registrados en el sistema alimentario, que han incrementado la disponibilidad de alimentos ultraprocesados. Estos alimentos están vinculados a un mayor aumento de peso y además afectan negativamente a la alimentación de los lactantes y los niños en edad preescolar. Entre esos cambios cabe citar: la desaparición de los mercados de alimentos frescos, el mayor número de supermercados y el control que ejercen sobre la cadena alimentaria de muchos países los supermercados y las compañías agrícolas, alimentarias y de preparación de comidas de ámbito internacional».

La exposición a la desnutrición en los primeros años de vida, seguida por el sobrepeso a partir de la niñez, incrementa el riesgo de padecer diferentes enfermedades no transmisibles, lo que provoca que la doble carga de malnutrición sea un importante factor que propicia la aparición de epidemias mundiales de diabetes de tipo 2, hipertensión, accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardiovasculares.  Los efectos negativos pueden además transmitirse de una generación a otra: por ejemplo, el efecto de la obesidad materna en la probabilidad de que el niño sea obeso puede exacerbarse si la madre estuvo subalimentada en las primeras etapas de su vida.

Pese a los vínculos fisiológicos, en las medidas para abordar todas las formas de malnutrición no se han tenido en cuenta por lo general estos ni otros factores importantes, como la nutrición en la primera infancia, la calidad de la alimentación, los factores socioeconómicos y los entornos alimentarios.  Además, se dispone de algunas pruebas de que los programas contra la desnutrición han incrementado involuntariamente los riesgos de obesidad y de ENT relacionadas con la alimentación en los países de ingresos bajos y medianos, en los que los entornos alimentarios cambian rápidamente.

Si bien es fundamental mantener esos programas contra la desnutrición, deben rediseñarse para que no causen daño. Los programas actuales contra la desnutrición prestados actualmente a través de los servicios de salud, las redes de seguridad social, los entornos educativos y los sistemas agrícolas y alimentarios ofrecen oportunidades para abordar la obesidad y las ENT relacionadas con la alimentación.

En el informe se presenta un conjunto de «medidas de doble finalidad» que previenen o reducen a la vez el riesgo de deficiencias nutricionales que desembocan en insuficiencia ponderal, emaciación, retraso del crecimiento o deficiencias de micronutrientes, y el riesgo de obesidad o ENT, utilizando la misma intervención, programa o política. Entre esas medidas se incluyen desde mejores prácticas de atención prenatal y de lactancia materna o políticas de bienestar social, hasta nuevas políticas para la agricultura y los sistemas alimentarios cuyo objetivo principal es una alimentación saludable.

«En la nueva realidad nutricional, aplicar las mismas medidas de siempre no funciona. La buena noticia es que existen oportunidades excelentes de utilizar las mismas plataformas para abordar formas diferentes de malnutrición. Ahora es el momento de aprovechar las oportunidades de aplicar ‘medidas de doble finalidad’ para obtener resultados», declaró la profesora Corinna Hawkes, del Centro de Política Alimentaria de City University, Universidad de Londres (Reino Unido).

Con el fin de gestar los cambios sistémicos necesarios para poner fin a la malnutrición en todas sus formas, los autores hacen un llamamiento a los gobiernos, las Naciones Unidas, la sociedad civil, el sector académico, los medios de comunicación, los donantes, el sector privado y las plataformas económicas para que luchen contra la doble carga de malnutrición y den cabida a nuevos agentes, como las organizaciones de base, los agricultores y sus sindicatos, los líderes religiosos, los defensores de la salud del planeta, los innovadores e inversores que financian compañías justas y ecológicas, los alcaldes y las asociaciones de consumidores.

«Dada la economía política de los alimentos, la mercantilización de los sistemas alimentarios, y las pautas crecientes de desigualdad en todo el mundo, la nueva realidad nutricional requiere una mayor comunidad de agentes que trabajen a escala mundial de forma interconectada y se refuercen mutuamente», señala el Dr. Branca. «Sin una transformación profunda de los sistemas alimentarios, los costos económicos, sociales y medioambientales de la inacción entorpecerá el crecimiento y el desarrollo de las personas y las sociedades durante décadas».


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